El principio del todo

Cualquiera que haya hablado dos frases conmigo, sabe que la gestión de residuos y el medio ambiente me apasionan.
Leo y estudio todo lo que encuentro sobre ello, e intento estar lo más actualizada posible con leyes y decretos, porque el papel lo aguanta todo.

Estos días, a las puertas de empezar el papeleo de los cursos, estoy entretenida ordenando y aprendiendo de los residuos que caen en mis manos. Empecé por trabajar sobre el material de escritura. Intento comprobar todo el material que me entregan, pues algunas piezas están desechadas por motivos meramente estéticos y no funcionales.
Entre todo el material de escritura que me han entregado este mes, por lo menos había 20 bolígrafos, azules en su mayoría, que funcionaban correctamente. Alguno tenía el cuerpo un poco estropeado como el de la foto, y a otros les faltaba el capuchón.

Lo que unos no quieren otros lo desean. Al tener tantos bolígrafos, pude arreglarlos con las piezas de repuesto de los demás bolígrafos.

Los bolígrafos funcionaban correctamente, pero los habían desechado en su mayoría por estética. Es ahí es donde me detuve un poco a pensar, en cuantas veces nos dejamos guiar por la estética y no por la funcionalidad ante algo.
He vivido en el pueblo unos años y cultivado mis huertos, y sé que la forma de los tomates, los vegetales y las frutas no influye en su sabor.
Al igual que cuando compro en la tienda o en el supermercado, si hay algún producto menos “bonito”, y esto no va a influir en su estado (si una conserva lleva un golpe, puede haber entrado aire y que afecte), elijo siempre el producto “feo”. No soy heroína, ni mucho menos. Tampoco me gusta el razonamiento ese de “con él dinero que ganan, que les den si pierden por tener que tirar un envase”.
No. Mi cabeza no lo valora así,
Tirar ese producto, es tirar toda la energía, materia prima, agua y trabajo que costó que yo lo pudiera coger allí para comprar. Me parece infantil rechazarlo por eso. Por desgracia, el dejarnos guiar por motivos así es el culpable de que la humanidad estemos ahora como estamos.
Existen trabajos que concretamente son eso, vendernos lo que no nos gusta aunque no sea funcional. Da igual la ética. Da igual el sentido común. Da igual lo que contamine.
Ahora en breves comienzan las clases. No paro de ver publicidad por todos lados para comprobar material escolar nuevo, y quejarse de cuanto cuesta a cada familia llevar al hijo al colegio.
Crecí en una familia media-baja. Éramos tres hermanos, siendo yo la pequeña. Yo heredaba todo, TODO. El estuche que había pasado desde mi hermana, mis primos, mi hermano, hasta mí. Rotuladores y pinturas que daba igual que tuvieran el capuchón mordido. Si funcionaban, para adelante. Las pinturas se les sacaba punta hasta que ya tenías que arrimar mucho la uña al filo. Inconscientemente, por necesidad, no sé cuantas “Rs” me inculcaron mis padres.
Dicen que la necesidad agudiza el ingenio, y puedo dar fe, que sin ser consciente entonces, reciclaba, reutilizaba, reparaba, repensaba, y no sé cuántas “Rs” más sufría mi material de escritura antes de llegar a vertedero.
Me gustaría que os pararais a pensar en todo esto.
Hablamos de la obsolescencia programada de los productos, pero cuantas veces habéis rechazado algo o habéis visto hacerlo, porque estéticamente no os gustaba o pensabais que ya no servía.
No siempre he sido así y conforme pasa el tiempo y aprendo, valoro mucho más el valor de todo. José Mujica decía que las cosas no valen lo que te cuestan, te cuestan el tiempo que necesitaste para conseguir el dinero que valen.
Su frase original era esta «cuando compras algo, no lo compras con dinero, sino con el tiempo de vida que gastaste para conseguir ese dinero».
Cuando se os hace un roto en una deportiva, ¿qué hacéis?
Yo lo arreglo, mis deportivas de diario las coso o las pego, y el calzado de montaña lo llevo a reparar, pero si se puede arreglar, ¿por qué tirar un producto que todavía tiene vida útil? ¿Por qué estéticamente no queda tan “fashion”?
Ahora quizá me podría permitir comprarme calzado nuevo cuando eso me pasa. Pero, sería como rechazar un tomate por feo o un brik de leche que tiene mal impreso su cartón. Si un bolígrafo funciona y le he perdido el capuchón, lo dejaré en casa en el portalápices de mi escritorio, en vez de llevarlo en el bolso, pero no lo tiraré.
Me niego a dejarme llevar por la estética. Tenemos que aprender a valorar la funcionalidad.
No digo vivir austeramente porque no hemos venido a esta vida a pasar penurias. Pero aprendamos a reeducarnos y valorar el costo. El costo ambiental de cada producto, y el costo de tiempo para fabricarlo y que pueda llegar a nuestras manos.
Tras mi reflexión.
Seguí con mis teje manejes queriendo comprobar el eco diseño de estos residuos antes de pasar a la siguiente fracción que llena mi habitación del fondo en casa. Quería ver si realmente están fabricados para poder separar sus componentes fácilmente y reciclarlos.
Estuve desmontando por completo los que ya no valían, para separarlos por componentes antes de llevarlos al gestor, separando plásticos de metales férricos y no férricos (en la tapa de metal de la izquierda de la foto, hay un imán chiquitín para comprobar).

Tras llenarme las manos de manchas azules, me puse a revisar todos los pequeños RAEEs que me entregan, o que recojo tirados en la calle. Desde cables y ratones de ordenador que aparecen al lado del contenedor amarillo, por el razonamiento de mucha población, de que el contenedor amarillo es “el del plástico”. Hasta batidoras de mis compañeras cuyas cuchillas cortan poco, o tostadoras que tardan mucho en tostar las rebanadas de pan.
Para después.

